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Columna de opinión Joan Jara

Llegué a ser Presidente de la Fundación Victor Jara en un proceso que duró veinte años. Esto comenzó el 18 de Septiembre de 1973, cuando descubrí el cuerpo de mi marido Victor, mutilado y baleado, en la morgue de Santiago donde yacían los cadáveres de cientos de otras víctimas de las Fuerzas Armadas chilenas. Era el final de la primera mitad de mi vida, y el principio de otra llena de un duelo sin fin. Durante esos dias del golpe militar, nació mi compromiso de perpetuar la memoria de la vida de Victor, su voz, su obra, sus valores.

La Fundación nació veinte años después, en un lugar remoto en el alto bio bio junto con la comunidad Pehuenche de Quinquen.

Mientras tanto yo había viajado por el mundo, llevada por la enorme ola de solidaridad con el pueblo chileno, a veces sola, a veces junto a los músicos de la Nueva Canción Chilena. Tuve que aprehender a hablar en público, de las constantes violaciones de los Derechos Humanos en Chile. Y en todas partes la voz y las canciones de Victor me acompañaban. Por su belleza y su humanidad, fueron capaces de cruzar las barreras de idioma y cultura.

Fue una experiencia fundamental. La solidaridad y cariño que recibí de tantas personas desconocidas por mi, chilenos o de cualquier otra nacionalidad, me dio mucha fuerza para seguir viviendo, y tratando de cumplir mi auto impuesta tarea. Cuando volví al país de Victor, a mediados de los años ochenta, me sumergí en el movimiento de resistencia cultural que creció cada vez mas fuerte. Me di cuenta que el rescate de la memoria plena de Victor en su país, sería no solo posible, sino imprescindible.

 

Joan Jara.

 

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